Celia Perlaza, hace parte de los comités locales de participación de mujeres afrocolombianas, como lideresa, trabajo que se ha ganado por su perseverancia, constancia y persistencia, características que han sido una constante en su vida.

Nació en  Guapí, un municipio ubicado en el departamento del Valle del Cuca, un lugar que le permitió apropiarse de su cultura y de sus costumbres, pero el que se vio obligada abandonar, desplazándose así a la ciudad de Bogotá, con su familia, conformada por su esposo y sus dos hijos, en busca de mejores oportunidades, mejor calidad vida, tanto en el estudio como en el empleo.

Como mujer afrocolombiana fue difícil el asentamiento en Bogotá, es una ciudad muy grande…

Celia Perlaza lleva viviendo en Bogotá aproximadamente 30 años, en los que ha tenido  que afrontar diferentes situaciones, empezando por el cambios de sus costumbres en cuanto al territorio, pues si bien recuerda, en su pueblo habían unas fuertes redes familiares, lo que no dependía solo de un lazo sanguíneo, sino que desde su cultura se habían caracterizado por la construcción de esas relaciones, aspecto que ella considera distinto en Bogotá, mencionando qué:

“cuando uno se le acercaba alguna mujer o le hacía alguna pregunta, lo primero que hacían era esconder su bolso debajo del brazo, como si uno llevara un letrero que dijera, “yo soy ladrona”, todas esas cosas lo marcan mucho a uno. También tomar el transporte era una situación complicada, pues la gente se corría, prevenida como si uno fuera a robarles”

Lo anterior son algunos de los casos que ella tuvo que vivir en Bogotá, y experiencias que también la llevaron a trabajar no solo por ella, sino también por las comunidades afrocolombianas.

Instalarse en Bogotá, fue un reto, fue buscar oportunidades, como lo fue ellas montar su restaurante, una pescadería, en el que ofrecía a la gente sus conocimientos en cuanto a la gastronomía típica del pacífico, así poco a poco la gente se fue acercando a conocer este lugar y a Celia, una mujer comprometida con el trabajo, su comunidad y su familia.

“Cuando llega la escuela de Cimarrón, me enseñan y me muestran otros mundos, me abrieron otras puertas”

Celia no había logrado terminar sus estudios en su territorio, pero a raíz de las situaciones había vivido, decide retomar esos procesos en Bogotá, para terminar así  la primaria y el bachillerato, al mismo tiempo que se cuestionaba sobre cuál era la trayectoria que ella debía seguir, debido a que, durante años se dedicó a ayudar a su esposo y a sus hijos para que estudiaran, para que tuvieran una mejor calidad de vida; pero  ella había aplazado algunos de sus intereses, por lo que ve la necesidad de buscar otras opciones, como ella misma lo menciona:

“un día me quede mirando las paredes, dónde estaban los diplomes y cuadros de mi marido, de mis hijos, pero ¿yo dónde quedo aquí, mis premios dónde estaba?, así fue que decidí también volver a estudiar”.

Así entonces decide realizar un curso de auxiliar de enfermería, pues era algo que siempre me había llamado la atención, ya que veía grandes flagelos desde el campo de la salud hacía las comunidades afrocolombianas. Por lo que se puso como objetivo trabajar en el hospital de Usme, a fin de demostrar también que como ella menciona, “una mujer negra también puede”.