En un salón blanco como el color de la nieve, 23 niños de edades oscilantes entre los cuatro y los doce años se encontraron nuevamente el pasado domingo con el motivo de aprender, interactuar y compartir en el marco del proceso de auto-reconocimiento llevado a cabo por la Escuela Nacional de Liderazgo Afrocolombiano para Niños “Nelson Mandela”.

Las memorias ignoradas, los significados escondidos y los símbolos costumbristas provenientes de desconocidos lugares para los infantes afrodescendientes nacidos Bogotá son el insumo que determina las temáticas que giran alrededor de las cátedras producidas por la Escuela, la cuales pretenden transmitir a los niños de forma dinámica y creativa el lado b de una historia con la que sí pueden identificarse porque reconoce los aportes de sus antepasados, cuyo paso por la tierra ha de desmoronarse mientras sus vidas y obras contribuyeron a la preservación de las costumbres de la población afrodescendiente. En síntesis, las remembranzas que componen la historia del pueblo afro tienen como fin exacerbar el amor de los niños hacia las prácticas culturales de sus padres, mientras se enaltece y mantiene viva las creencias dadas por el demiurgo para dotar de sentido al orbe africanista.

El desvaído espacio, luego de las ocho y quince minutos de la mañana, comenzó a pigmentarse con colores que hacían contraste y provenían del mestizaje conocido por todos, pero aceptado por pocos. Desde la esquina superior izquierda, la profesora pacientemente esperaba la parsimoniosa entrada de los niños y niñas, quienes en su mayoría, ingresaban al claustro atraídos por su radiante sonrisa y largas trenzas. Sus labios se crispaban con cierta prominencia cuando veía que las gestoras comunitarias al frente de la logística del lugar, llevaban con dulzura a los infantes que no querían ingresar.

La temática correspondiente a la cátedra de ese festivo e iluminado día, en que los habitantes del sector saturaban las calles por el buen talante de la estrella solar, que se refirió al origen de una población. Por ende, la profesora Rocío tenía como misión  relatar con amor una historia de dolor que en el pasado no quedo, pues erigida a una población que se mantiene hasta el hoy por hoy, continuan afectándola las consecuencias de aquel flagelo impuesto y no reparado hasta la actualidad.

Responsabilidad compleja de coptar, pensó Rocío al aceptar dicha tarea tan determinante. Así que, con barquitos de papel, se dispuso a planear una actividad que transmitiera una respuesta a aquella pregunta que reza “¿De dónde vengo yo?”, tan formulada por parte de cada individuo perteneciente a esta población.

De manera que, Rocío inició la cátedra invitando a los niños y niñas presentes a urdir flotas marinas de papel, las cuales navegarían en la superficie solida del salón, tan contraria al componente propio del mar. Cada flota se denominaba de acuerdo al nombre correspondiente a algún país africano en el cual hubieran secuestrado a personas de piel oscura, mal llamadas negros por los victimarios, a las que sumergieron en un causal de sufrimiento e indignación que cosificó la humanidad de los afectados para justificar su explotación a ultranza.

Mientras Rocío compartía la lacerante historia de sus antepasados era interrumpida ocasionalmente por  los y las niñas que, asustados y sorprendidos, le preguntaron el porqué de la sumisión de los africanos secuestrados. Y fue así como la profesora con dulzura les explicó cuales habían sido los métodos de tortura usados por los esclavistas para mantener controlados a los “esclavos”. La voz tierna de una de las niñas se hizo sentir con una sincera petición referida a que la profesora parara de contar la historia, pues esos acontecimientos le causaban gran tristeza.

La profesora, impasible, dio respuesta a su solicitud al manifestarles a todos los niños y niñas lo fundamental que resultaba el hecho de que ellos conociesen la historia para que, con ella, entendiesen lo que pasaba con la población afro en la cotidianidad. Con una mirada maternal, Rocío culminó el relato manifestándoles a cada uno de ellos la necesidad existente de que ellos se comprometieran, al ser afrodescendientes, con transformar la sociedad para garantizar el bienestar de las y los que vienen.